miércoles 25 de abril de 2007

Que no nos trague la tierra

La importancia de las obras públicas que no
son visibles al ojo del electorado.

José Carlos Zamora

Pocas veces nos damos cuenta de la importancia de la infraestructura y de cómo las calles, el transporte, el alumbrado público, los parques, los puentes y los drenajes forman parte de un sistema integral que permite la existencia y el desarrollo de comunidades y ciudades eficientes, habitables y productivas.

La devastación y las muertes que dejó el hundimiento en el barrio San Antonio a finales del mes de febrero nos han hecho darnos cuenta de la importancia de la infraestructura y la necesidad de la misma en nuestra ciudad y nuestro país.

Las lamentables e irreparables pérdidas humanas y la destrucción ocasionada por el hundimiento son el resultado de pobres decisiones y políticas municipales. Este desastre es una muestra de cómo durante la última década, o quizás aún más, se ha dejado de prestar atención a la vital importancia de todas aquellas obras públicas que no son visibles al ojo del electorado.

Es absurdo seguir construyendo obras públicas visibles, ornamentales y superficiales en lugar de darle mantenimiento a la infraestructura existente, y sobre todo a aquella que no es visible pero que es esencial para nuestra ciudad. Es inadmisible que se deje que los acueductos se rompan y que los sistemas de drenajes y colectores lleguen a estar tan deteriorados que colapsen y se traguen a personas y viviendas. Es inaceptable e irresponsable poner en riesgo la vida y la propiedad de los vecinos de cualquier barrio o colonia de nuestra ciudad.

La infraestructura es un elemento básico de cualquier ciudad y requiere de políticas, estrategias y planes efectivos y transparentes, tanto para el gasto en construcción de nuevas obras, como para el mantenimiento de las mismas.

No hay que negar que las obras nuevas y los pasos a desnivel son importantes, pero hay que reconocer que el mantenimiento de las ya existentes tiene una importancia igual o mayor. En las próximas elecciones no debemos dejarnos llevar por las obras o los ofrecimientos de obras estéticas, superficiales y ornamentales con las cuales se busca ganar nuestro voto.

Debemos asegurarnos de que el candidato que gane la contienda lo haga con base en planes integrales dentro de los cuales se contemplen la construcción y el mantenimiento de toda aquella infraestructura que no es visible, y que aunque no es tan útil para una campaña electoral, le brinda seguridad a los habitantes de nuestra ciudad, permite el desarrollo y evita la posibilidad de que nos siga tragando la tierra.

miércoles 18 de abril de 2007

La doble moral migratoria de los chapines

“Antes de criticar debemos mejorar nuestras políticas migratorias.”

José Carlos Zamora

Se dice que: es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Este es un viejo refrán que creo refleja claramente nuestra doble moral en cuanto a las políticas migratorias.

Por un lado nos sentimos molestos e indignados cuando vemos como tratan y deportan a nuestros compatriotas. Guatemaltecos que para huir de la miseria e inseguridad han optado por hacer arriesgadas travesías hacia el norte en busca de oportunidades y un mejor futuro para sus familias, aún a sabiendas que se enfrentarán a un peligroso viaje y que de lograr su objetivo vivirán quebrantando la ley hasta no solucionar su situación migratoria o ser devueltos a casa.

Me desconsuela ver que guatemaltecos trabajadores tengan que migrar debido a la desigualdad y a la falta oportunidades en nuestro país. Por otro lado indigna enterarse de la más reciente redada y de las deportaciones que dejan a familias separadas y despojan a gente trabajadora de sus bienes.

Pero de igual manera creo que todos los guatemaltecos debemos reconocer que cuando en Estados Unidos capturan a nuestros indocumentados los tratan dignamente o, por lo menos, con más dignidad de lo que nosotros tratamos a los migrantes que pasan por Guatemala. Por supuesto que hay historias de abusos espantosas, pero estas son la excepción. En la mayoría de los casos los indocumentados en proceso de deportación – dependiendo si fueron aprehendidos cruzando la frontera o ya establecidos en territorio norteamericano – se les presta atención médica, asistencia legal, un lugar donde dormir, comida y un boleto aéreo para el viaje de vuelta a su país.

En respuesta los guatemaltecos protestamos, nos oponemos y criticamos las deportaciones y las políticas migratorias de Estados Unidos, pero la verdad es que no tenemos autoridad moral para hacerlo, ya que en nuestro país tratamos a los migrantes indocumentados de forma inhumana e indigna.

En nuestro país las historias espantosas no son la excepción, sino la regla. Los migrantes capturados son asaltados por las mismas autoridades, luego son encarcelados en instalaciones en condiciones precarias, donde además de todo se les cobra renta y cómo si esto fuera poco también se les cobra por su alimentación y una multa que se les impone desde el día en que se determine ingresaron a Guatemala, y que va incrementando cada día que permanecen en nuestro territorio.

Los guatemaltecos nos indignamos por el trato que reciben los indocumentados en Estados Unidos, pero no nos damos cuenta que nosotros somos mil veces más severos, inhumanos y desgraciados con los migrantes que atraviesan nuestro territorio.

Antes de criticar a otros debemos preocuparnos por mejorar nuestras políticas migratorias. Únicamente desarrollando e implementando políticas que traten a los indocumentados que cruzan nuestro país de forma humana y digna, tendremos derecho de señalar y exigir un mejor trato para nuestros compatriotas indocumentados en el extranjero.

miércoles 11 de abril de 2007

Sobre la Política migratoria

"Mercados laborales que permitan la migración de trabajadores de forma legal y sin mayores restricciones."

José Carlos Zamora

El debate migratorio sigue tan vigente hoy como lo ha sido durante las últimas décadas y especialmente como lo fue hace un año cuando se llevaron a cabo las masivas manifestaciones a favor de una reforma migratoria que diera respuesta a la situación en la que se encuentran alrededor de 12 millones de migrantes indocumentados.

Hace menos de un mes, el presidente Bush regresó a Washington luego de una gira por cinco países latinoamericanos que se enfocaría en mejorar las relaciones entre las naciones, combatir el narcotráfico y en menor grado en disminuir las tensiones migratorias. Como era de esperarse el tema que dominó la agenda fue la migración.

Este debate no perderá vigencia mientras los países al sur del Río Grande y Estado Unidos no establezcan estrategias tanto para disminuir el flujo de migrantes indocumentados, como para otorgarle un estado legal a todos aquellos que migran hacia el norte o ya se encuentran en territorio norteamericano.

Es ridículo querer exigirle a Estados Unidos que le dé amnistía y le otorgue la ciudadanía a 12 millones de personas. Esto también es políticamente improbable, sino es que imposible. De igual manera es ridículo que de un día para el otro 12 millones de personas se conviertan en criminales, que se lleven a cabo redadas inhumanas que separan a niños de sus padres y a personas de sus bienes, quienes, aunque indocumentadas, han trabajado arduamente durante décadas por establecerse en otro país que no es el suyo, pero a cuyo crecimiento económico han contribuido.

No es ilegítimo que Estados Unidos quiera proteger y proteja sus fronteras, es más, tiene pleno derecho de hacerlo y su deber es proteger sus intereses y los de sus habitantes. Pero es risible y totalmente absurdo que en esta era de la globalización, de la interdependencia –donde todos dependemos de las demás naciones del mundo y nuestro actuar está interconectado– que uno de los planes para terminar con la migración de indocumentados sea construir un nuevo muro de Berlín, solo que ahora en su versión del siglo XXI.

Las soluciones a este debate no están en exigir derechos que no tenemos y que no nos corresponden. La solución está en preocuparnos por mejorar la situación en nuestro país a través de la inversión en seguridad, educación, salud, infraestructura, competitividad, atracción de inversión extranjera y en conjunto en promover y lograr un desarrollo económico que no obligue a nuestros conciudadanos a migrar hacia el norte para escapar de la miseria y la inseguridad con el único fin de construir un mejor futuro en un país distante y ajeno.

Por otro lado, lo que sí debemos exigir es que así como la existencia de un tratado de libre comercio como el CAFTA elimina las barreras fiscales, con el mismo no solo se eliminen las fronteras y las barreras para el ingreso y egreso de bienes y servicios, sino que también se permita el acceso a mercados laborales flexibles, mercados laborales que permitan la migración de trabajadores de forma legal y sin mayores restricciones. Solo con estrategias como las anteriormente descritas lograremos darle fin a este dilema migratorio.